Diario de viaje
Minivan a Coroico. Ya sale.
Coroico, Los Yungas, destino de jóvenes paceñes que necesitan emborracharse rodeades de plantitas y humedad. Si creces en un cráter a tres mil setecientos metros sobre el nivel del mar, experimentar usar short y ser comida de mosquito es exultante. Los cuerpos paceños no saben cómo comportarse ante el calor, mostrar la piel es incómodo.
Llegamos a la terminal de buses en el volkswagen rojo de mi papá: hijo, hermano, padre y Cristina, lo más parecido a un marido que tengo. Minivan, minibus y bus son los vehículos que te llevan a Los Yungas. Somos estrangulados por ofertas de viaje. Yo camino, pero en realidad estoy flotando. Mi cuerpo funciona en el espacio, pero yo no estoy ahí. Reconozco el olor del lugar, la emoción de dejar la ciudad, convierto esas imágenes en nuevos recuerdos, se mezclan con los viejos. Cruzo colores, formas, sonidos. Construyo materia onírica mientras dejo de ser adulto responsable y soy arrastrado por los choferes, las chicas que venden los boletos a gritos y Cristina que surfea la elección de chofercito. Va midiendo cuán verdadera es la comodidad de sus autos, si la ventana de atrás se abre, si tienen cara de maleantes o no.
Le pido que me asegure poder filmar desde el asiento del medio. Son tres por fila y hay dos filas. Quiero ir en la primera, le digo. Me mira comprendiendo que lo que le pido es vital y sigue buscando. Estamos por subir a una minivan pero no tiene ventanas y los lugares que quedan dificultarían mi tarea de registro. Cristina me asegura que vamos a encontrar algo mejor y me dice que el chofercito no le gusta, muy chango es, corredor parece. Viene una chica más joven que yo, tiene unos zapatitos de charol negros y una manta atada a la cintura, debe ser frío el amanecer en Villa Fátima. Nos invita a ver la minivan que administra. Mi hermano me dice que me saque los anteojos de sol porque parecemos más gringos y seguro nos van a cobrar más. El cabello de hijo todavía sigue siendo dorado pero no se lo podemos sacar. Me sacrifico por la causa, me arden los ojos con la luz picante de las alturas. Funciona. Les viajeres estamos contentes y esperamos a que los demás asientos se vendan. Solo falta una parejita, nos dice la chica. Espero que la heteronorma resuelva pronto nuestra partida.
